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Dilema para el falso bicentenario

 Dilema para el falso bicentenario

¿El Perú va a cumplir 200 años de república independiente?

¡Grande y solemne mentira!

En 1821 nuestro país seguía siendo parte del territorio ultramarino español y la declaración de independencia de aquel 28 de julio fue letra muerta, verbo florido, añagaza. Bien que lo sabía el muy monárquico José de San Martín.

Tuvieron que pasar varias escaramuzas y suceder traiciones diversas, de un lado y del otro, para que llegara Ayacucho en 1824.

¿Fuimos república en 1824?

Tampoco. Fuimos un convulso remedo que aceptó la sumisión absoluta ante Bolívar y que hasta enero de 1826 tuvo al general español José Ramón Rodil parapetado en la fortaleza del Real Felipe. Y luego vino la sucesión de caudillos, las presidencias vertiginosas y la anarquía. Y después vino lo mismo, pero con la corrupción generalizada salida de las ganancias del guano.

Si el concepto republicano implica la democracia de la elección y la soberanía popular, no es infame decir que jamás fuimos una república cabal.

Aquí no contaron los indios, los pobres, los marginados. Y eso de “república aristocrática” es la perfecta ironía que don Jorge Basadre inventó con toda la intención. Fueron 24 años de dominio de una oligarquía dirigida por el Partido Civil y que empezaron con Nicolás de Piérola, el rebelde que se reconcilió con lo peor de la tradición política. El único que pretendió salirse del libreto, Billinghurst, fue sacado del gobierno por un golpe de estado.

Lo que siguió a la “república aristocrática” fue el segundo Leguía, un modernizador, permisivo con la corrupción, cuyo mayor anhelo fue crear un país de clases medias. Fracasó en el empeño: las derechas terminaron imponiéndose. Y seguirían prevaleciendo, a sangre y fuego o persuasivamente, hasta que en 1945 hubo otro intento heterodoxo, el de Bustamante y Rive­ro, que terminó, traicionado, en otro golpe sanguinario. Y así hemos seguido, celebrando las grandes fechas de nuestra novela republicana y realista mágica y machacando todo aquello que se parezca a la herejía. Eso explica la sa­tanización que la derecha, siempre gobernante, hizo de Velasco, el gran susto época que se llevó. El odio al general de las reformas no nace de la censura a sus métodos no democráticos sino al contenido de sus decisiones y al lenguaje confrontacional de su gestión. Era la primera vez que un jefe del ejército se enfrentaba a quienes se creyeron siempre propietarios del Perú. Ese odio inmortal lo expresa todo. Es el mismo odio, surgido del miedo, que hoy demuestran los que dicen defender las libertades amenazadas. Como si no supiéramos que todos ellos aplaudieron el cese de la dignidad nacional, conveniente a sus intereses, decretado por el ciudadano japonés Alberto Fujimori el 5 de abril de 1992. ¿Estamos condenados a repetirnos? Sí. En nuestro país los años se plagian unos a otros, el tiempo es un disco rayado.

Lo que menos nos gusta a los peruanos es la verdad. Por eso tenemos una república de cartón, una democracia de entretenimiento, una prensa entregada a la religión del inmovilismo.

Estos 200 años imaginarios de república nos atrapan, además, en la peor de las encrucijadas. Tenemos que elegir entre una señora nutrida en la pus del fujimorismo y un señor que apenas puede decir lo que no piensa. Tenemos que optar entre el regreso del hampa fujimorista y la asunción al gobierno de un grupo indescifrable cuyos propósitos son un enigma. Fujimori intentará corromperlo todo para que­darse el tiempo más largo posible cerca de las arcas públicas. Castillo quizás quiera irse pron­to de un palacio al que pudo llegar por el azar y la ira justa de los pobres de siempre y los pobres recientes y pandémicos.

No es un dilema entre lo malo y lo menos malo. Es tener que optar entre el abismo y el precipicio.

Que nuestro país cumpla presuntos 200 años de república obligando a sus ciudadanos a elegir entre una delincuente y un mal hablado profeta de la nada, es toda una metáfora, todo un mensaje, toda una declaración de principios.

Algo debimos hacer muy mal para merecer el dilema fatal que hoy enfrentamos. El sarro de los deberes no cumplidos, los expedientes amarillentos que jamás se leyeron, la justicia burlada, el desprecio por los miserables, el racismo, la codicia, el egoísmo convertido en altar, la fragmentación nacional, el neoliberalismo extremo, la corrupción que se acepta como si fuera parte del folclore, la pren­sa que se vende, todo eso se juntó, se hizo revoltijo envenenado, y nos estalló en la cara.

Lo merecíamos. Es la factura del pasado, que nuestros historiadores edulcoraron o que nosotros mismos negamos, la que hoy tenemos sobre la mesa. Es cobranza coactiva. Es nuestra historia mirándonos a los ojos, confrontándonos, vomitando.

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